La Copa Mundial de Rusia 2018 ofrece mucho que aprender.

Ganar no es un regalo, ni producto de la suerte, sino fruto del trabajo duro.

El que gana adquiere el compromiso de trabajar cada vez más intensamente.


La Copa Mundial de la FIFA Rusia 2018 está por arrancar. Se trata del evento deportivo con más espectadores del planeta, un auténtico monumento a la globalización, una fiesta importantísima para la humanidad (no exagero), llena de belleza, emoción y oportunidades de aprendizaje. También es, por supuesto, un generador de negocios y una mina de oro de proporciones inimaginables.

Enfoquémonos en el tema del aprendizaje. En esta línea, creo que entre lo más relevante que se puede obtener del Mundial, sobre todo para los jóvenes, está lo relacionado con las formas de vivir el triunfo y la derrota, a fin de cuentas metáforas de la vida de las personas, las familias y las sociedades. Pocas oportunidades de reflexionar en torno al hecho de ganar y perder como las que brindan los grandes eventos deportivos.

Estoy convencido de que a las competencias se va a ganar, aunque el Barón de Coubertin haya dicho que “lo más importante del deporte no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo”, esta idea que al paso del tiempo se volvió un mantra de perdedores en su forma “lo importante no es ganar sino competir”. Creo que quien no lleva la ambición del triunfo en su esquema mental no merece estar en el juego y por eso detesto el anhelo de llegar al quinto partido como justificante del desplazamiento de la selección mexicana al Mundial, con el enorme costo que implica. O vamos a por la copa o para qué carambas vamos. Igual no la conseguimos, ya lo sé, pero tendremos mayores posibilidades de lograrlo si enfilamos hacia Rusia con la final en la mente, pensando como ganadores, y no soñando con un ridículo y despreciable quinto partido de los perdedores. Perdón por el exabrupto.

La idea de que lo importante no es ganar sino competir se ha vuelto un mantra de perdedores. Quien no lleva en la mente un poderoso deseo de triunfo no merece estar en el juego.

Hagamos aquí un paréntesis para recordar que el quinto partido es el que representa el boleto para colarse a las semifinales. La selección de México llegó una vez a ese quinto encuentro, en la Copa Mundial de la FIFA México 1986, para perder en penaltis contra Alemania en Monterrey.

Este año, una marca mexicana de cerveza lanzó una promoción que llevará a Rusia un avión lleno de aficionados que van a presenciar en el estadio ese quinto juego, si el Tri consigue alcanzar esos niveles. Este “si” condicional tiene su faceta odiosa ¿o no?; deberíamos decir “cuando consiga llegar”. En tal contexto mercadotécnico, el controvertido Ricardo La Volpe, ex director técnico del equipo mexicano, afirmó que “México no puede seguir soñando con llegar al quinto partido, porque eso es algo que no se consigue soñando. Se consigue trabajando. Se consigue con esfuerzo”. Totalmente de acuerdo.

Regresando a nuestro tema, cuando alguien gana en las justas deportivas, los espectadores solemos ver el momento de la victoria, y a veces la premiación, como veríamos una bacteria en el microscopio: aislada, única, desmesuradamente grande y detenida en el tiempo. Así percibimos al ganador, persona o equipo. Si algo nos liga afectivamente a él -por ejemplo, el orgullo patrio cuando le va bien a la selección de tu país, la identificación personal o alguna afinidad-, podemos incluso emocionarnos y con ello sentir un gozo todavía mayor. Casi siempre lo admiramos, a veces hasta lo envidiamos: debe ser un placer incomparable estar en el podio, escuchar tu himno nacional, recibir la medalla o el trofeo y ser objeto de la atención y la ovación. Maravilloso. Antiguamente se daba a los ganadores olímpicos, además de la ecológica hoja de laurel, el rango de semidioses.

En este plano, normalmente no apreciamos el costo de ganar. Tendemos a ignorar que detrás de cada equipo y deportista laureado hay una historia de sacrificios, disciplina, esfuerzo, concentración y trabajo. Hay metas y objetivos claros, planeación y, por supuesto, resultados. Hay también labor de equipo (casi nadie gana solo), conflictos y negociación. Hay “sangre, sudor y lágrimas”.

También hay suerte en ocasiones, por supuesto, pero es mejor no confiar en ella porque es caprichosa, fortuita y casi nunca viene sola. En situaciones de competencia, lo que es buena suerte para un competidor suele ser mala suerte para el otro y viceversa. La mala se evita con planeación y control; la buena, si llega, será bienvenida. Punto.

No hay que confiar en la suerte, porque no siempre la que llega es de la buena. La mala suerte se evita planeando y controlando; a la buena cuando llega hay que recibirla con los brazos abiertos. Pero hasta ahí.

El trabajo es lo que realmente cuenta, igual que en cualquier otra actividad de la vida. Ni más ni menos. El célebre Malcolm Gladwell, en su libro Outliners demuestra que la verdadera maestría en cualquier actividad admirable, como el arte, el deporte, la actividad intelectual- se alcanza después de ¡10,000! horas de práctica. Si, 10 mil.

Sea correcta esta cifra o no, es poco realista esperar el éxito en una actividad de competencia, o de cualquier otra naturaleza, sin haber pagado los costos de la maestría. Es una idea difícil de entender y aceptar para muchos, sobre todo en esta época de consumo y satisfacción inmediata, y más aún en las culturas latinas, poco dadas a la previsión.

Por eso, harán mejor papel en Rusia los equipos que hayan hecho la mejor inversión en su preparación. Uno de ellos se llevará la copa a su tierra y disfrutará de la fiesta en grande. Los demás tendrán oportunidad de evaluar qué les faltó para lograrlo, de aprender y de ponerse a trabajar para hacer mejor las cosas en 2022.

Pocas emociones como las que da el futbol a sus aficionados. Pero no perdamos piso frente al triunfo o la derrota, no olvidemos que el inmenso gozo de ganar es todo menos gratuito, que no se debe a la suerte, ni obedece a nada que no pase por el trabajo duro y la dedicación. Siempre hay que pagar la colegiatura. Esto es una ley inquebrantable en el deporte, como en todos los ámbitos de la vida.

Dado que el placer del triunfo es adictivo, el que gana siempre quiere más. Esto significa que lo primero -y a veces lo único- que ofrece la victoria a quien quiere repetir el gozo efímero de abrazarla es una promesa de todavía más trabajo duro.

Salvador R. Sánchez Gutiérrez

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